-(...)¿Qué quiere decir?
-(…) Pero ello quizá se deba a que
usted cree cierta a Rosaura (…) La adulteración no está en el documento, sino
en la vida que el documento quiere probar. (…) Y usted busca a Rosaura. Usted
busca la verdadera personalidad de Rosaura. No la va a encontrar.
-¿Puedo preguntarle por qué?
-Porque Rosaura no existe.
-Y por eso usted está aquí.
-No, no. Digo que Rosaura jamás existió.
-¿Ah, no?
-(…) Rosaura sí es pura invención
mía, una pura creación mía. Rosaura me pertenece enteramente. Yo le di nacimiento, le di vida,
forma, rostro, nombre. Yo pude hacerla desaparecer ¿Tiene una lapicera?
Alcánceme ese papel. Mire: aquí tiene la escritura redonda y prolija de Rosaura
¿Ve? Rosaura escribía por mí mano (…) ¿No le digo? Yo fabriqué a Rosaura. La
fabriqué aquí, aquí, en mi cabeza.
Rosaura era un ser imaginario, una entelequia, un sueño. Nada más que un sueño,
un sueño. Yo sueño mucho, yo sueño mucho. Yo soy el hombre que soñó demasiado.
-(…) Pero a Rosaura…
-Por eso, ah, por eso me bastaba
soñar con alguien, me bastaba que alguien apareciera en mis sueños, me bastaba que alguien tomase intervención en
mis sueños y fuese, en mis sueños, mi amante o mi verdugo, para que, luego, despierto, para que, luego,
en mi vigilia, alguien siguiera inspirándome deseo o repulsión (…).
-Pero a mí me interesa Rosaura.
Hábleme de Rosaura.
-(…) Pero a usted le interesa
Rosaura. Ya está aquí Rosaura, ya viene aquí Rosaura. En la salita, mientras
retocaba el retrato de la dama rubia, me puse a imaginar… ¿Por qué no podía, a mí
también, quererme una muchacha joven y hermosa? ¿Por qué no podía enamorarse de
mí con la misma espontaneidad, con la
misma facilidad con que Matilde parecía haberse enamorado de Hernández? Sí,
Hernández tenía veintisiete años. Sí,
era buen mozo. Pero ¿qué hay? ¿Todas las mujeres sólo mirarán que un hombre sea
buen mozo? ¿Lo demás no cuenta? (…) Y lo que tengo yo aquí, aquí dentro, en el
corazón, ¿no vale nada? Todos estos sentimientos, toda esta pureza, ¿es
despreciable? ¿Nadie la quiere? ¿Por qué no podía ser que una mujer supiera
descubrirme, así, tal como soy, tal como
soy en mi espíritu, y se prendase de mí? Una mujer que no se riese de mi
estatura, ni del temblor de mis manos, ni de mis rubores; que me hablase seriamente, tranquilamente;
que no me aturdiera ni me ofuscara, y me permitiese pensar. Una mujer a la que
no le importase saber que me llamo Camilo Canegato, ni me pidiera ir juntos a
bailar, pero que, en cambio, se quedase conversando conmigo de arte, pintura,
de música, y sólo con eso sintiera nacer su amor por mí. Usted no podrá creerlo
¿Eh? Usted se reirá (…) Yo no tengo fuerzas más que para soñar.
-Todos hemos soñado, alguna vez,
algún amor ideal.
-Sí, pero no como yo, no como yo.
Yo soñé demasiado, como se lo dije antes. Yo soñé hasta el punto de hacer que
mi sueño penetrara en la realidad. Fue una absorción total de mis sentidos.
Soñé a Rosaura en cuerpo y en alma. La tuve viva, viva, delante de mí, con su
rostro, su mirada, sus gestos, su voz. Íntegra (…)
A veces creo que esto de idealizarme,
Y esperarme,
Y reencontrarme…
Sólo me llevó al abismo de no querer encontrarte para no manchar tus madrugadas de conversaciones con historial, las canciones de Charly con emoción y los viernes de lluvia sin turbación.
Cuando deje de habitar la Rosaura que hay en vos, ahí (sólo ahí) me voy a permitir madrugarte...






